Si bien algunos podrían considerar que el efecto globalizador de los medios en nuestra contemporaneidad no habrían de ser sino algo natural en la historia “amalgamada” de Latinoamérica, hay que considerar grandes diferencias en ambos casos. Primeramente, en Latinoamérica se dio por una serie de causas histórico-culturales una suerte de síntesis, pero no una síntesis del todo destructiva, pues la raíz misma de la identidad americana, la conciencia de sus pueblos, continuó viva y fuerte a pesar de los intentos de culturalización radical, como la “españolización”. Así mismo, la propia tierra fue la moldeadora de sus habitantes: pronto, españoles, mestizos, y finalmente criollos, acabarían por ser nada más ni nada menos que americanos; andinos, caribeños, pacíficos, atlánticos, de la pampa y el desierto.
Hoy nos encontramos con una revolución “absorcionista” y arrolladoramente “regular”, una globalización mediática que aliena, enajena a los pueblos desde la conciencia. Tan solo basta ver la resolución del individuo para dejar de cuestionarse; identitariamente somos como niños; tabulas rasas que sin pasado ni noción clara de futuro aceptan de buena gana todo contenido que se les entregue; y claro, de este mismo modo, la barrera entre la ilusión de la prioridad, y la verdadera necesidad (en cada caso distinta) acaba de difuminarse. Si es que el progreso significa que el colectivo base su fuerza en el consumo, allá irán las naciones caminando tras la moda y la multinacional. No es de extrañarse que el estanco político que nos caracteriza de momento es esta misma alienación de nuestra realidad: olvidamos, o lo que es peor, ignoramos o desconocemos nuestras necesidades. No nos cuestionamos si es que el modelo que recibimos provino de nosotros o es copia de uno ajeno.
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