
Latinoamérica siempre ha sido a lo largo de su historia un lugar propicio para la efervecencia política, especialmente aquella que se dá en la forma tajante y determinante de revoluciónes y vuelcos sistemáticos. Desde sus inicios, los sectores criollos consideraron que la independencia sería el punto cúlmine de su simbiosis con la tierra: los americanos construirían una América para los americanos. Luego, esta relación de independencia llevaría a latinoamérica por las sendas del orgullo patrio, y la insurrección por todos medios para asegurar la unidad nacional e ideológica que se llevaba a modo de bandera. En este sentido, Latinoamérica siempre ha sido tierra de conflicto latente; si no contra un "enemigo común", el conflicto se hará de forma interna, pero asimismo seguirá siendo una lucha en bloques. Basta ver como la división siempre se ha dado en un orden político: aristocracia en contra de la burguesía, el empresario contra el empleado, capitalismo contra el socialismo: las ideologías que vienen tanto por influencia exterior como por necesidad de los pueblos al interior, siempre se manifestarán de forma contrastante y bilateral en esta, nuestra tierra austral, "mezcla única" en el mundo.


